domingo, 23 de junio de 2013

El árbol

Porque el árbol, que alza sus ramas al cielo del mediodía y abre de par en par el verde de sus hojas al sol, ese árbol, que dispara pájaros azules al aire, ese árbol, tiene raíces. Mientras despereza sus miembros, extendiendo sus finos dedos, desgranando sus hojas, inocente, con el correr del viento, sus entrañas se desparraman en raíces oscuras que crecen y se abren en la noche de la tierra. El árbol, que dora su espalda de cocodrilo al sol, que regala reflejos enanos de luz que se posan en la pupila de los pájaros azules, ese árbol, cubre de sombra la tierra, una sombra que se desliza entre terrones, que se derrama cada vez más líquida, oscura y sin luz, como agua o como sangre que lo alimenta.
Pero ese que no es árbol, también tiene, en su cielo de barro, hojas que no se ven. Y en su tierno tronco oscuro, a veces se sientan los muertos a leer un libro o a escuchar el canto de las lombrices bajo tierra, y que a veces, revoloteando se les posan en sus manos cadavéricas para que les den unas migas de azufre.
Ese árbol, que alza sus raíces al cielo opaco y secreto de la tierra, que retuerce sus garras entre nubes de piedra y que desgrana su piel de madera con el correr del agua, ese árbol, tiene ramas.

Asoma su cabeza una lombriz al sol de la tarde, y un pájaro azul se la cercena.


Juan Manuel Díaz Ayuga

lunes, 6 de mayo de 2013

Recinto Amurallado



Día 3 de febrero
Silencio. El otoño desde aquí parece más vacío de lo habitual. Todo lo llena el aire. Mi ventana de barrotes oxidados pretende hacerme creer que soy libre. El pobre hierro, consumido, juega conmigo, con mi ilusión. Allá se ven los árboles, casi leña, como mis barrotes. Acerco la mano y ahí están, esperando a que un día más vuelvan a hacerlo y se rían de mí en un crujido siniestro.

Día 15 de marzo
El otoño desde aquí parece más vacío de lo habitual: todo lo llena el aire. La pequeña ventana de barrotes oxidados juega conmigo. Le gusta reír y reír en crujidos estrepitosos cuando acerco la mano. Me hace creer que es árbol, leña, hojas.

Día
Y aun parezco como
aquellos locos
que miran al infinito
bañado en el eterno cristal
de la soledad.


Laura Díaz-Meco

domingo, 28 de abril de 2013

Ventana de ciudad



Como si estuviera respirándote
Profundamente
Hasta el alma
Hasta cada glóbulo rojo que inunda mi corazón,
Con los ojos cerrados,
Abro la ventana.
Y estás, de noche,
Eterno.
Te ilumina levemente
Un brocado de estrellas,
Y la brisa es fría,
Soñadora del vientre materno.
Me abrazo,
Tú me envuelves todo el cuerpo.
Todo se me olvida en tu presencia,
Todo se evapora
Pequeño
Por las escaleras que van a la luna.
Y creo en la esperanza
En la fe
Y en las risas de los niños
Que abajo juegan.
Pero nada.
Aquí estoy, soñándote,
Escribiéndote,
Respirando un aire agotado,
Cansado de no tenerte.
Aquí estoy, mar,
Anhelándote.


Laura Díaz-Meco

martes, 18 de septiembre de 2012

Desarraigo


“Huir. Huir es un imposible. Si huyes de ti mismo no habrá lugar en la Tierra en el que puedas esconderte. Siempre estarás ahí. En cada paso, cada pensamiento, cada palabra, cada escalofrío ante la idea de no poder escapar, siempre ahí.
Podrás romper mil espejos y aún así recordarás haberte visto, haber mirado cara a cara a aquél que no eres tú, pero que tanto se te parece. Y cuando decidas echar a correr todo recto hacia el horizonte, hallarás de nuevo tus huellas en esta tierra, en este planeta redondo que no lleva a ninguna parte.
Sentirás el universo cada vez más y más pequeño, tanto como un país, como una habitación, como un ataúd, como tu propio cuerpo.
Odiarás. Odiarás a todos por no poder desprenderte de ti mismo de una vez por todas, por no poder romper los lazos que te atan a los demás. Y cuando al fin odies esta vida tanto como a aquellos con los que la compartiste, sabrás que, en realidad, sólo te estás odiando a ti mismo.
Ésta es la única realidad de la que no dudan mis años de experiencia. Tú eres tú, y seguirás siendo tú hasta que no lo seas”.
Éstas aquí escritas, fueron las últimas palabras que escuché en boca de mi padre, aquella tarde de otoño, momentos antes de marcharme.



Juan Manuel Díaz Ayuga

sábado, 11 de agosto de 2012

¿Qué me deparó el futuro?

Rosario Belmonte tenía el maravilloso y poco común poder de adivinar el futuro una vez que éste ya había ocurrido. Ella misma pensaba que adivinar el futuro, así como así, sin que éste hubiera llegado a suceder, era algo fácil e inexacto que cualquiera podría intentar. Pero el fino arte de conocer de antemano el futuro cuando éste ya formaba parte del pasado, era un don que sólo unos pocos, y quizás solamente Rosario Belmonte, eran capaces de desarrollar.
Manchega de nacimiento, pero con un fuerte acento castellano adquirido en Valladolid, Rosario se crió en un humilde pueblecito que ya ni siquiera internet se molesta en recordar. Su padre, capitán de artillería durante la Guerra Civil, murió en 1936 sin saberse realmente en que bando militaba, pues la calurosa tarde de julio en la que se marchó a la guerra sin ni siquiera esperar a que estuviese listo el almuerzo, dijo que se iba a luchar, olvidando decir para qué. Sería la propia Rosario la que sesenta años después adivinase, a través de sus cartas, que su padre había muerto luchando en el frente. Tal era el don que poseía.
Cuando en el pueblo nacía un varón, ella consultaba sus cartas y afirmaba diciendo:
-Lo sabía, era niño.
Si alguien moría después de una larga enfermedad, Rosario apenas necesitaba ojear su baraja para saber que en efecto había muerto.
Pronto los rumores acerca de los extraordinarios poderes de Rosario se difundieron por la Mancha, y la llevaron a protagonizar diversos programas nocturnos en Toledo, Valladolid y finalmente en Madrid, donde pudo poner a prueba sus artes adivinatorias. Para dichas artes Rosario no utilizaba cartas del tarot como el resto de sus compañeras nocturnas, sino que en su lugar, leía el futuro ya pasado en unas viejas cartas de póker de su padre a las que les faltaba el as de corazones, lo que era razón más que suficiente para que Rosario jamás se atreviese a atender casos de amor.
En sus últimos años en televisión, Rosario comenzaba a notar los achaques de la edad, unos setenta y cuatro años maravillosos, según decía la propia Rosario, pero que le habían dejado unos huesos dominados por la artrosis y una tensión con altibajos constantes. Llevaba a cada programa sus eternas gafas de vidrio canela, el pelo petrificado por la laca, el excesivo maquillaje de colores, los dedos embutidos en anillos de oro, y las muñecas enroscadas en pulseras de bisutería. Al cortar una y otra vez la baraja, Rosario alzaba la esquina derecha del labio superior, agitando la cabeza en una imperceptible negación mientras repetía "La salud de Tauro, dime ¿mejoró la salud de Tauro?" o " La muerte de Sagitario, dime, ¿estuvo la muerte sobre Sagitario?". Y así, a través de sus cartas y conjuros, noche tras noche, Rosario adivinaba el futuro una vez que éste ya había ocurrido, sin equivocarse jamás.
Si alguien le preguntaba:
- Rosario, ¿crees que saldrá bien la operación?
Ella respondía:
- Mira cariño, esas cosas no se pueden saber, llámame después de la operación, que para entonces habrán hablado las cartas.
Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo y los poderes de Rosario eran cuestionados cada vez más por los más escépticos, la vidente manchega iba cediendo al cansancio hasta que decidió retirarse a su pequeño apartamento de Vallecas en el que la redondez lánguida de sus formas fue poco a poco desapareciendo, haciendo de Rosario un saco ceniciento de arrugas móviles.
Alguien como Rosario, que había logrado adivinar el futuro ya pasado de tantos a través de sus cartas, no podría llegar a intuir su propia muerte en la soledad de su sillón grana, hasta sólo instantes después de haber fallecido.
Pero hasta entonces, el destino aún le deparaba unos años llenos de misterios en su solitario piso de Vallecas, algo que por supuesto, la vidente manchega Rosario Belmonte aún no podía saber.



Juan Manuel Díaz Ayuga

viernes, 10 de agosto de 2012

La fuerza del lago

Éste del que hablamos era un lago como cualquier otro, o quizás no, quién sabe. Lo que lo hacía distinto, si alguna distinción había, eran sus aguas, no su tamaño o su caudal, sino sus aguas.
Cuando los niños se acercaban a sus orillas, los primeros días de verano al salir de la escuela, a lanzar piedrecitas a la superficie, éstos descubrían asombrados que el lago no se movía. Las piedrecitas chocaban, rebotaban o quedaban eternas en el ondear de sus aguas, sin hundirse un ápice.
Y si otros, vestidos con sus bañadores a rayas, trataban de hundir sus cabecitas en el frescor que creían adivinar, encontraban sus rostros aplastados contra las olas, sus mofletes desinflados, pero sin lograr jamás provocar la más mínima alteración en el movimiento natural de las aguas del lago.
Se iban los niños y aparecían pequeñas fochas, patos, y hasta un ganso solitario huído de algún corral. Por más que agitaban sus torpes patas en la superficie, o caían una y otra vez sobre sus ondulaciones, éste se mantenía inalterable a sus continuos graznidos, que parecían suplicar por un poco de agua. El lago, como queda dicho, no se movía.
El viento que una tarde soplaba desde el oeste, amenazando con someter bajo su invisible potencia al álamo más valiente, no era capaz, ni una sola vez, de alterar la más superficial de las aguas del lago, éste ondeaba a placer su ritmo natural y eterno.
Cuando el sol alcanzaba el cénit de las doce en los calurosos días de verano, y miraba al lago sin parpadear, imprimiendo un calor extremo al aire que patinaba sobre el agua, ésta no se evaporaba, quizás jamás se calentó, o si lo hizo, fue por propia iniciativa del lago.
Niños, aves, viento y sol, ni uno en su eterno afán de modificar la voluntad del lago, fue capaz de conseguirlo.
Ésta, como queda dicho, era su fuerza. Quién sabe si algún día será también la mía propia.



Juan Manuel Díaz Ayuga

jueves, 9 de agosto de 2012

Último recuerdo

Después de anoche, ella se olvidó sobre mi cama aquella blusa amarilla con puntitos negros. Aún puedo oler el calor que emanaba su cuerpo. Esto sí que es literatura.


Juan Manuel Díaz Ayuga.