martes, 18 de septiembre de 2012

Desarraigo


“Huir. Huir es un imposible. Si huyes de ti mismo no habrá lugar en la Tierra en el que puedas esconderte. Siempre estarás ahí. En cada paso, cada pensamiento, cada palabra, cada escalofrío ante la idea de no poder escapar, siempre ahí.
Podrás romper mil espejos y aún así recordarás haberte visto, haber mirado cara a cara a aquél que no eres tú, pero que tanto se te parece. Y cuando decidas echar a correr todo recto hacia el horizonte, hallarás de nuevo tus huellas en esta tierra, en este planeta redondo que no lleva a ninguna parte.
Sentirás el universo cada vez más y más pequeño, tanto como un país, como una habitación, como un ataúd, como tu propio cuerpo.
Odiarás. Odiarás a todos por no poder desprenderte de ti mismo de una vez por todas, por no poder romper los lazos que te atan a los demás. Y cuando al fin odies esta vida tanto como a aquellos con los que la compartiste, sabrás que, en realidad, sólo te estás odiando a ti mismo.
Ésta es la única realidad de la que no dudan mis años de experiencia. Tú eres tú, y seguirás siendo tú hasta que no lo seas”.
Éstas aquí escritas, fueron las últimas palabras que escuché en boca de mi padre, aquella tarde de otoño, momentos antes de marcharme.



Juan Manuel Díaz Ayuga

sábado, 11 de agosto de 2012

¿Qué me deparó el futuro?

Rosario Belmonte tenía el maravilloso y poco común poder de adivinar el futuro una vez que éste ya había ocurrido. Ella misma pensaba que adivinar el futuro, así como así, sin que éste hubiera llegado a suceder, era algo fácil e inexacto que cualquiera podría intentar. Pero el fino arte de conocer de antemano el futuro cuando éste ya formaba parte del pasado, era un don que sólo unos pocos, y quizás solamente Rosario Belmonte, eran capaces de desarrollar.
Manchega de nacimiento, pero con un fuerte acento castellano adquirido en Valladolid, Rosario se crió en un humilde pueblecito que ya ni siquiera internet se molesta en recordar. Su padre, capitán de artillería durante la Guerra Civil, murió en 1936 sin saberse realmente en que bando militaba, pues la calurosa tarde de julio en la que se marchó a la guerra sin ni siquiera esperar a que estuviese listo el almuerzo, dijo que se iba a luchar, olvidando decir para qué. Sería la propia Rosario la que sesenta años después adivinase, a través de sus cartas, que su padre había muerto luchando en el frente. Tal era el don que poseía.
Cuando en el pueblo nacía un varón, ella consultaba sus cartas y afirmaba diciendo:
-Lo sabía, era niño.
Si alguien moría después de una larga enfermedad, Rosario apenas necesitaba ojear su baraja para saber que en efecto había muerto.
Pronto los rumores acerca de los extraordinarios poderes de Rosario se difundieron por la Mancha, y la llevaron a protagonizar diversos programas nocturnos en Toledo, Valladolid y finalmente en Madrid, donde pudo poner a prueba sus artes adivinatorias. Para dichas artes Rosario no utilizaba cartas del tarot como el resto de sus compañeras nocturnas, sino que en su lugar, leía el futuro ya pasado en unas viejas cartas de póker de su padre a las que les faltaba el as de corazones, lo que era razón más que suficiente para que Rosario jamás se atreviese a atender casos de amor.
En sus últimos años en televisión, Rosario comenzaba a notar los achaques de la edad, unos setenta y cuatro años maravillosos, según decía la propia Rosario, pero que le habían dejado unos huesos dominados por la artrosis y una tensión con altibajos constantes. Llevaba a cada programa sus eternas gafas de vidrio canela, el pelo petrificado por la laca, el excesivo maquillaje de colores, los dedos embutidos en anillos de oro, y las muñecas enroscadas en pulseras de bisutería. Al cortar una y otra vez la baraja, Rosario alzaba la esquina derecha del labio superior, agitando la cabeza en una imperceptible negación mientras repetía "La salud de Tauro, dime ¿mejoró la salud de Tauro?" o " La muerte de Sagitario, dime, ¿estuvo la muerte sobre Sagitario?". Y así, a través de sus cartas y conjuros, noche tras noche, Rosario adivinaba el futuro una vez que éste ya había ocurrido, sin equivocarse jamás.
Si alguien le preguntaba:
- Rosario, ¿crees que saldrá bien la operación?
Ella respondía:
- Mira cariño, esas cosas no se pueden saber, llámame después de la operación, que para entonces habrán hablado las cartas.
Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo y los poderes de Rosario eran cuestionados cada vez más por los más escépticos, la vidente manchega iba cediendo al cansancio hasta que decidió retirarse a su pequeño apartamento de Vallecas en el que la redondez lánguida de sus formas fue poco a poco desapareciendo, haciendo de Rosario un saco ceniciento de arrugas móviles.
Alguien como Rosario, que había logrado adivinar el futuro ya pasado de tantos a través de sus cartas, no podría llegar a intuir su propia muerte en la soledad de su sillón grana, hasta sólo instantes después de haber fallecido.
Pero hasta entonces, el destino aún le deparaba unos años llenos de misterios en su solitario piso de Vallecas, algo que por supuesto, la vidente manchega Rosario Belmonte aún no podía saber.



Juan Manuel Díaz Ayuga

viernes, 10 de agosto de 2012

La fuerza del lago

Éste del que hablamos era un lago como cualquier otro, o quizás no, quién sabe. Lo que lo hacía distinto, si alguna distinción había, eran sus aguas, no su tamaño o su caudal, sino sus aguas.
Cuando los niños se acercaban a sus orillas, los primeros días de verano al salir de la escuela, a lanzar piedrecitas a la superficie, éstos descubrían asombrados que el lago no se movía. Las piedrecitas chocaban, rebotaban o quedaban eternas en el ondear de sus aguas, sin hundirse un ápice.
Y si otros, vestidos con sus bañadores a rayas, trataban de hundir sus cabecitas en el frescor que creían adivinar, encontraban sus rostros aplastados contra las olas, sus mofletes desinflados, pero sin lograr jamás provocar la más mínima alteración en el movimiento natural de las aguas del lago.
Se iban los niños y aparecían pequeñas fochas, patos, y hasta un ganso solitario huído de algún corral. Por más que agitaban sus torpes patas en la superficie, o caían una y otra vez sobre sus ondulaciones, éste se mantenía inalterable a sus continuos graznidos, que parecían suplicar por un poco de agua. El lago, como queda dicho, no se movía.
El viento que una tarde soplaba desde el oeste, amenazando con someter bajo su invisible potencia al álamo más valiente, no era capaz, ni una sola vez, de alterar la más superficial de las aguas del lago, éste ondeaba a placer su ritmo natural y eterno.
Cuando el sol alcanzaba el cénit de las doce en los calurosos días de verano, y miraba al lago sin parpadear, imprimiendo un calor extremo al aire que patinaba sobre el agua, ésta no se evaporaba, quizás jamás se calentó, o si lo hizo, fue por propia iniciativa del lago.
Niños, aves, viento y sol, ni uno en su eterno afán de modificar la voluntad del lago, fue capaz de conseguirlo.
Ésta, como queda dicho, era su fuerza. Quién sabe si algún día será también la mía propia.



Juan Manuel Díaz Ayuga

jueves, 9 de agosto de 2012

Último recuerdo

Después de anoche, ella se olvidó sobre mi cama aquella blusa amarilla con puntitos negros. Aún puedo oler el calor que emanaba su cuerpo. Esto sí que es literatura.


Juan Manuel Díaz Ayuga.

jueves, 12 de julio de 2012

Astros


Ojalá fuera verdad la astrología.
Ojalá pudiera saber mínimamente
algo de lo que me depara
la vida.
Hacer pociones mágicas,
conjuros,
y ver cómo marcha el maleficio.
Frotarme las manos, y echar una carcajada limpia
¡todo va como esperaba!
Que me salga una verruga en la nariz, si es preciso.

Ojalá supiera que era ése amor, y no el otro.
Ojalá supiera a qué ventana llamar
o dónde gritar, que se me oiga.
Y sin embargo, subo cada día a montañas equivocadas
los interrogantes forman nubes pomposas
que me llevan como alas de cera
hacia el Sol.
Y me abrasa el alma, y caigo,
caigo
en lo más profundo del océano.

Ojalá leyera mi sino en la palma de la mano
o en el poso del café o del té o del cóctel.
La espuma de mi cerveza marca un sino implacable
de …hip … hip… hip
más orina acumulada y lágrimas a descubrir.
Ojalá creyera en la astrología.

Ojalá pudiera verte entre ese enjambre de estrellas,
líneas coloreadas en el cielo nocturno.
Y que las cartas me digan:
Querida amiga, usted no tuvo un buen día hoy.
No se alarme. Mañana te abrazarán.
Y ya dormir sea mecerse entre algodones de terciopelo.
Y amarte sea esa paz
con que los creyentes aman la eternidad.



Laura Díaz-Meco

sábado, 16 de junio de 2012

Las ratas


Si algo hemos aprendido después de tantos años viviendo en las alcantarillas de esta gran ciudad, es que desde siempre, a las ratas les ha gustado la basura.
Quizás todo comenzó con los restos de la última cena, o con un calabacín que de tan maduro se pudría y cuyo hedor era ya insoportable. Fuera como fuese, lo cierto es que según dicen los más viejos -pues yo por aquel entonces aún no había nacido- un día, alguien decidió dar de comer a las ratas, y como digo, quizás fue un calabacín maduro que llevaba cuarenta años en la despensa. Así fue cómo las ratas comenzaron a educarse en el exquisito arte de la degustación de basura, y de los restos pegajosos de un muslo de pollo llegaban incluso a devorar el corazón putrefacto de una manzana o la cabeza sin ojos de una sardina. Les encantaba la basura.
Cada vez fueron más y más gordas, y sus bigotillos traslucidos de roedor se hacían cada vez más gruesos y lustrosos, dándoles el aspecto de toda una señora rata. Algunas incluso llegaban a tener unos bigotes que parecían barbas, y hasta dicen que una de ellas recogía de entre la mugre los bigotes que sus compañeras iban deshojando para hacerse su propio pelo de bigotes. Eran, como se ve, muy cuidadosas las ratas con lo que se refiere a su aspecto. Pero no sólo aprendieron a roer sin descanso cada trozo de pizza de la noche anterior, o a acicalarse con esmero utilizando sus manitas diminutas, no, también aprendieron a saltar, a ponerse sobre las patas traseras (que algunas incluso llamaban piernas), a hacer trucos malabares las unas con las otras, lanzándose al vacío y cayendo con toda la gracia con la que una rata gorda y peluda puede caer.
Ante tal espectáculo nosotros reíamos y aplaudíamos como locos, comentándonos en voz baja: “¿Has visto el salto que ha dado esa rata?”, “Esa es la mejor”, respondían otros. Algunos sin embargo preferían los trucos de otras ratas, aquellas que emitía aullidos guturales en lugar del conocido gemido agudo de roedor, y con esto, todos gritábamos eufóricos, lanzábamos vítores, y les seguíamos dando nuestra basura. Eran tiempos felices, para qué negarlo. La basura abundaba y encantados se la ofrecíamos a las ratas, que nos miraban burlonas y coquetas con sus diminutos dientecitos, negros por la mugre, intentando dibujar una sonrisa que fuese, sino humana, al menos una sonrisa. Llegó el día en el que veíamos ratas por todas partes, algunas grandes como perros, lleno su estómago de lo que íbamos desechando, y sus miradas llenas del deseo insaciable de consumir basura. Cuando quisimos darnos cuenta, el afán corrosivo de sus dientecitos era ya imparable. La basura escaseaba y toda ella estaba agujereada por el hedor de aquellas ratas ahora grandes como nosotros. Desesperados recorríamos las alcantarillas llenas de mugre en busca de un poco de basura, que ahora las ratas, altivas, nos arrojaban al suelo, mezcla de sus propios excrementos. El día en el que la basura se acabó por completo en las alcantarillas de esta gran ciudad, todos nos miramos sorprendidos, incapaces de comprender el devenir de los hechos, con una única pregunta rondando nuestras cabecitas: “Ahora que la basura se ha acabado, ¿cómo alimentaremos a las ratas?”. Quizás –pensé- haya que pedir más basura a las ratas de la superficie.



Juanma Díaz Ayuga

Yellow Islands

Al final decidí sentarme en el rincón más oscuro de la barra. Tenía los pies llenos de movimientos desacompasados, y en mi estómago aún resonaba el monótono ritmo de tambores de guerra. Al alzar la mano el DJ, la pista se inundó de olas de saltos y brincos, y la bruma grisácea que flotaba sobre nuestras cabezas se fue extendiendo entre la masa informe de cuerpos. Luces blancas y negras llenaban de parpadeos de cámara las paredes, sin saber muy bien de dónde venían. En aquel desconcierto, mis ojos se perdieron en la oscuridad brillante de un vaso, bebiendo sin sed aquella soledad que me quemaba la garganta. Parpadeé un par de veces para sacarme aquella llovizna de plata que me inundaba la vista. Entonces aquella chica se sentó junto a mí, y supe sin saberlo cómo había notado lo que desde hacía ya varias horas todos parecían haber visto: mis zapatos amarillos.
Su rostro ceniciento se torció un poco ante el sacrilegio que suponían mis zapatos, y entre el parpadeo de luces se recogió con ambas manos un pelo negro como la noche. Le sonreí distraído, más por el alcohol que por el deseo de no estar solo, y ella me respondió con una de esas sonrisas tan breves en la seriedad de su rostro que me hacían comprender que la conversación ya había terminado si es que acaso había de comenzar.
Volví a hundirme en las negras mareas de aquel vaso, quizás durante varios siglos o un par de segundos, hasta que un cambio repentino en el ritmo taladrador de la música me hizo volver los ojos a la pista. Esta vez pude distinguir entre los cuerpos nocturnos que se dejaban golpear unos contra otros, rostros pálidos de muertos recientes, que en torsiones imposibles, sudaban un éxtasis blanquecino que parecía ser contagioso. Volví a ver a la chica con piel de ceniza que se diluía en un torrente de brazos masculinos, hasta que en un nuevo cambio de ritmo, desapareció en un destello de plata tras la bruma grisácea que amenazaba con tragarse la pista.
Cuando se me acabaron las últimas gotas de aquella melancolía líquida del vaso, no me quedaban fuerzas para seguir encogiéndome dentro de mí mismo. Me había inclinado tanto que casi podía tocar con la nariz mis zapatos amarillos, y los vi tan grandes, tan llenos de una vida extraña, que supe que no pertenecían a ese mundo. Era hora de marcharse.
Mientras atravesaba la pista hacia la salida, bandadas de manos negras se me posaban en el rostro, los destellos de luz de ninguna parte me iban quemando los ojos, y aquella niebla eterna me inundaba de gris los pulmones. La música no dejaba de sonar, y sus hachazos de ritmo no hacían más que revolverme el estómago. Finalmente, distinguí la puerta entre las tinieblas del fondo, en aquel aire rasgado de pinceladas blancas.
Pero entonces algo me detuvo. Era una sonrisa, un rostro, un cabello, unos ojos. Era un cuerpo de mujer que se acercaba tambaleante y parecía buscarme. Se mordía el labio con inocencia pícara, y tenía un temblor de cejas que me volvía loco. Cuando estuvo a apenas dos segundos de distancia, pude contemplarla tal y como era sobre aquel fondo de grises, blancos y negros. Jamás olvidaré lo bien que le sentaba aquella blusa amarilla.



Juanma Díaz Ayuga