viernes, 24 de septiembre de 2010

***

Yo también quise una vez escribir los versos más tristes esta noche, pero resultaba que era de día y además, no te había perdido. La terraza irradiaba luz y levantaba el viento a las cortinas como la primera mano a la primera falda. Los pájaros volaban juntos, ala con ala, parecían abrazarse en la ingravidez. Después de mirar al cielo, ahí estabas tú, apoyado en la barandilla. Iba a acercarme a ti, pero preferí no mover ni un solo músculo y contemplarte a la distancia, como si estuviera escondida, espiándote. Tus brazos recogidos y tu espalda inclinada me dieron la idea de mover un pie hacia adelante, y luego el otro, y de nuevo el anterior, así hasta llegar a acomodarme como una pluma en tu hombro izquierdo. Hoy no me pienso mover de aquí, dije. Tanto es así, que llueva, diluvie, nieve, la ventolera queme mis ojos o el sol seque mis ideas, siento tu calor justo debajo de mi oreja, donde guardo mi silencio.



Laura Díaz-Meco

domingo, 12 de septiembre de 2010

Exit

Justo después

Ya no me quedan fuerzas,

Sólo ganas de potar.

Y eso que llevo varios días

Sin probar bocado.

Pero he tenido que asimilar

Engullir

Devorar

-Todo en uno-

La mierda que me regalaste

Antes de irte.



Laura Díaz-Meco

lunes, 30 de agosto de 2010

El idiota

Me he vuelto idiota. Y lo peor de todo es saberlo al paso de los años, cuando esta enfermedad ya no tiene cura, como mucho un sencillo remedio: cerrar la boca. Dicen que un verdadero idiota no reconoce los síntomas, y así debió de ser en mi caso, pues fue demasiado tarde cuando observé cómo había incumplido en un alto porcentaje las recomendaciones del Centro Nacional para la Prevención de la Idiotez (CNPI):


• Absténgase de cometer el mismo error dos o más veces.
• Si se siente atraído/a hacia una persona cualquiera, trate de no enamorarse al menos pasados los 2 meses de cuarentena.
• Jamás se enamore de una persona que previamente tenga pareja.
• Trate de no observar una de sus fotografías durante más de diez minutos.
• No escriba su nombre. (Y por supuesto jamás lo rodee con un corazón).
• Convénzase de que no todas las conversaciones son sobre él/ella.
• Evite los gestos atolondrados en su presencia, así como los tartamudeos y las bromas sin gracia.
• Se recomienda no realizar escrito alguno de carácter literario cuyo tema pueda incluir a la persona deseada.
• Nunca tome consejos de un idiota.
• Y por último: JAMÁS se enamore de un/a idiota.


Cuando pude aceptar lo que me sucedía, decidí llamar a mis amigos y familiares más cercanos. Algunos ya lo sospechaban desde hacía tiempo, otros se compadecían, y mi abuela no dejaba de repetir: “Ay Dios mío, Dios mío, llévame a mí que ya he vivido bastante”.
Mientras esperábamos a los especialistas en aquella pequeña sala que olía a sudor y nervios, empecé a observar a cada uno de los presentes. A todos, sin excepción, los conocía bastante bien, algunos de ellos desde siempre; fue quizás mi recién descubierta idiotez la que me puso en alerta. Deslicé mis dedos hasta una mesa cercana y agarré uno de aquellos folletos del CNPI. Leí en voz baja las recomendaciones, y sorprendido, volví a leerlas. Cuando me hube cerciorado de lo que sospechaba, recorrí con la mirada toda la sala, deteniéndome lentamente en mis padres, tíos, hermanos, amigos… y mi abuela. Sin ninguna duda, ellos eran tan idiotas como yo; habían cometido infinidad de errores, se habían enamorado a deshora en un romance no cronometrado, habían tratado de evitar lo inevitable con nefastas consecuencias, en definitiva, habían caído una y otra vez para de nuevo levantarse y coger impulso en un nuevo tropiezo. Decidí guardar silencio y dejar que viviesen en una ignorante idiotez, en una ignorante y feliz idiotez.
Lentamente caminando, recorriendo los infinitos pasillos, y acompañado por un par de especialistas en graves casos de idiotez crónica, sonreía como poseído, pensando, con una certeza cada vez mayor, si en realidad, en este mundo de locos, no somos todos un poco idiotas.


Juan Manuel Díaz Ayuga

Créeme cuando digo que...

Hoy,

Cuando a nuestras caderas sólo las separa un segundo

Arrasaría con todo

(con todo lo que hay encima de una mesa o de una cama)

Para atravesar este campo oscuro

Y morir en él

Gracias a ti

En una fragilidad casi dulce.



Laura Díaz-Meco

viernes, 27 de agosto de 2010

Así...

Algunas veces llego
presuroso, rodeo
tus rodillas, toco
tu pelo. ¡Ay Dios, quisiera
decirte tantas cosas!
Te compraré un pañuelo,
seré buen chico, haremos
un viaje....No sé,
no sé lo que me pasa.

Quiero morir así,
así en tus brazos.

José Agustín Goytisolo



Decir para siempre
Cuando quiero decir
Ahora.
Mirar más allá
De tus ojos
Cuando solo quiero
Verte por dentro.
Respirar un oxígeno
Recortado por los suspiros
Cuando ya solo me queda
Perder.
Tocar el calor
De tu espalda
Cuando mi pecho
Estrecha el tuyo.
Sentir
Irremediablemente
Lo prohibido.


Laura Díaz-Meco

jueves, 26 de agosto de 2010

Madera mojada

A veces me gustaría tender la vida como un mantel. Colgarlo cuando esté empapado, ponerle sus alfileres de madera y esperar a que el sol lo deje como nuevo. Así tendría que ser: por el calorcito del sol.

Pero a veces, surgen esos días nublados, apáticos. El viento nos pone el pelo en la cara, la lluvia nos moja los pies y las manos se hielan. El mantel cae al suelo, en esa mezcla de barro y hojas tan propios de los parques en otoño.



Laura Díaz-Meco

sábado, 14 de agosto de 2010

Despedida

En un instante

Todas las palabras

Colores

Y sonrisas

Caen por el precipicio de la amargura

Estrellándose contra el olvido.



(Laura Díaz-Meco)