Esperamos que disfruten de nuestros textos tanto como nosotros disfrutamos (o nos torturamos) haciéndolos.
viernes, 10 de agosto de 2012
La fuerza del lago
Cuando los niños se acercaban a sus orillas, los primeros días de verano al salir de la escuela, a lanzar piedrecitas a la superficie, éstos descubrían asombrados que el lago no se movía. Las piedrecitas chocaban, rebotaban o quedaban eternas en el ondear de sus aguas, sin hundirse un ápice.
Y si otros, vestidos con sus bañadores a rayas, trataban de hundir sus cabecitas en el frescor que creían adivinar, encontraban sus rostros aplastados contra las olas, sus mofletes desinflados, pero sin lograr jamás provocar la más mínima alteración en el movimiento natural de las aguas del lago.
Se iban los niños y aparecían pequeñas fochas, patos, y hasta un ganso solitario huído de algún corral. Por más que agitaban sus torpes patas en la superficie, o caían una y otra vez sobre sus ondulaciones, éste se mantenía inalterable a sus continuos graznidos, que parecían suplicar por un poco de agua. El lago, como queda dicho, no se movía.
El viento que una tarde soplaba desde el oeste, amenazando con someter bajo su invisible potencia al álamo más valiente, no era capaz, ni una sola vez, de alterar la más superficial de las aguas del lago, éste ondeaba a placer su ritmo natural y eterno.
Cuando el sol alcanzaba el cénit de las doce en los calurosos días de verano, y miraba al lago sin parpadear, imprimiendo un calor extremo al aire que patinaba sobre el agua, ésta no se evaporaba, quizás jamás se calentó, o si lo hizo, fue por propia iniciativa del lago.
Niños, aves, viento y sol, ni uno en su eterno afán de modificar la voluntad del lago, fue capaz de conseguirlo.
Ésta, como queda dicho, era su fuerza. Quién sabe si algún día será también la mía propia.
Juan Manuel Díaz Ayuga
jueves, 9 de agosto de 2012
Último recuerdo
Juan Manuel Díaz Ayuga.
jueves, 12 de julio de 2012
Astros
Laura Díaz-Meco
sábado, 16 de junio de 2012
Las ratas
Yellow Islands
Su rostro ceniciento se torció un poco ante el sacrilegio que suponían mis zapatos, y entre el parpadeo de luces se recogió con ambas manos un pelo negro como la noche. Le sonreí distraído, más por el alcohol que por el deseo de no estar solo, y ella me respondió con una de esas sonrisas tan breves en la seriedad de su rostro que me hacían comprender que la conversación ya había terminado si es que acaso había de comenzar.
Volví a hundirme en las negras mareas de aquel vaso, quizás durante varios siglos o un par de segundos, hasta que un cambio repentino en el ritmo taladrador de la música me hizo volver los ojos a la pista. Esta vez pude distinguir entre los cuerpos nocturnos que se dejaban golpear unos contra otros, rostros pálidos de muertos recientes, que en torsiones imposibles, sudaban un éxtasis blanquecino que parecía ser contagioso. Volví a ver a la chica con piel de ceniza que se diluía en un torrente de brazos masculinos, hasta que en un nuevo cambio de ritmo, desapareció en un destello de plata tras la bruma grisácea que amenazaba con tragarse la pista.
Cuando se me acabaron las últimas gotas de aquella melancolía líquida del vaso, no me quedaban fuerzas para seguir encogiéndome dentro de mí mismo. Me había inclinado tanto que casi podía tocar con la nariz mis zapatos amarillos, y los vi tan grandes, tan llenos de una vida extraña, que supe que no pertenecían a ese mundo. Era hora de marcharse.
Mientras atravesaba la pista hacia la salida, bandadas de manos negras se me posaban en el rostro, los destellos de luz de ninguna parte me iban quemando los ojos, y aquella niebla eterna me inundaba de gris los pulmones. La música no dejaba de sonar, y sus hachazos de ritmo no hacían más que revolverme el estómago. Finalmente, distinguí la puerta entre las tinieblas del fondo, en aquel aire rasgado de pinceladas blancas.
Pero entonces algo me detuvo. Era una sonrisa, un rostro, un cabello, unos ojos. Era un cuerpo de mujer que se acercaba tambaleante y parecía buscarme. Se mordía el labio con inocencia pícara, y tenía un temblor de cejas que me volvía loco. Cuando estuvo a apenas dos segundos de distancia, pude contemplarla tal y como era sobre aquel fondo de grises, blancos y negros. Jamás olvidaré lo bien que le sentaba aquella blusa amarilla.
Juanma Díaz Ayuga
miércoles, 8 de febrero de 2012
Intento número 2
Palabras palabras palabras
Ojalá las enterraran en una caja, en el fondo del desierto, más allá del mar, del aire
Palabras rotas sucias llenas
De vida
Y oscilando por ese paisaje perdido
Final
Por ese horizonte que no llega
miércoles, 18 de enero de 2012
Intento número 1
Mírenme.
Sí, contémplenme.
¿Creen que puedo hacer algo por ustedes?
Regalarles unas palabras de amor,
Un espacio tranquilo donde vivir,
Unas frases que copiar y satisfacerse.
Uno no puede dar lo que no tiene.
No puedo pintarles un mundo redondo,
Un reír y reír,
Un llorar y llorar,
Un qué bonito y qué lástima aquello.
Realmente no me pidieron nada,
Pero uno siempre espera dar o recibir.
Puedo ofrecerles más de lo mismo,
Montañas de estiércol, de mares y vientos,
Cielos como ciudades dignas de visitar
E incluso de quedarse allí.
Sorpresas y tristezas. Grises y amarillos.
Diálogos interminables sobre Dios y la Verdad.
Podría, pero no.
(-No, muchas gracias -dicen las palabras mágicas).
Quisiera ofrecerles
Una luz que parpadea dentro del alma y de la memoria,
Aquello que se siente, pero no se dice
O no se sabe decir.
Quisiera ofrecerles, al menos,
un camino y una compañía.
Porque, amigos, si supiera el fin,no hablaría de esta película.