miércoles, 18 de enero de 2012

Intento número 1

Mírenme.

Sí, contémplenme.

¿Creen que puedo hacer algo por ustedes?

Regalarles unas palabras de amor,

Un espacio tranquilo donde vivir,

Unas frases que copiar y satisfacerse.

Uno no puede dar lo que no tiene.

No puedo pintarles un mundo redondo,

Un reír y reír,

Un llorar y llorar,

Un qué bonito y qué lástima aquello.

Realmente no me pidieron nada,

Pero uno siempre espera dar o recibir.

Puedo ofrecerles más de lo mismo,

Montañas de estiércol, de mares y vientos,

Cielos como ciudades dignas de visitar

E incluso de quedarse allí.

Sorpresas y tristezas. Grises y amarillos.

Diálogos interminables sobre Dios y la Verdad.

Podría, pero no.

(-No, muchas gracias -dicen las palabras mágicas).

Quisiera ofrecerles

Una luz que parpadea dentro del alma y de la memoria,

Aquello que se siente, pero no se dice

O no se sabe decir.

Quisiera ofrecerles, al menos,

un camino y una compañía.

Porque, amigos, si supiera el fin,

no hablaría de esta película.

sábado, 22 de octubre de 2011

Metamorfosis

Tu alma empieza a clarearse.
Tus ojos se humedecen.
Las manos tiemblan casi transparentes.
El corazón se aprieta
Y se pierde.
Frente al espejo el reflejo es
Casi vacío;
Y el rostro, progresivamente invisible,
Va cayendo.
Cuerpo ya medio líquido medio humano,
Espesa lluvia lenta,
Se deja arrastrar como a un río
Que no le importa ya lo que lleve en él.
Troncos, peces sin burbuja, algas,
Trozos de tierra perdidos,
De no sé dónde.

Pero no te engañes. No esperes.
O si quieres espera, pero sin esperanza.
Estás solo, solo.
Las palabras no te salvarán.
Tú crees que sí, pero no te salvarán.

Echo de menos la ilusión.
Mejor no haber dicho nada.
Al fin y al cabo, son sólo palabras.
Ni río, ni lluvia, ni invisible.
De carne y hueso,
Con la cara algo amarillenta
Y los labios secos.
Mejor no haber dicho nada.
No te salvarán.



Laura Díaz-Meco

viernes, 19 de agosto de 2011

De lo que se reía el loco

Cuando esta mañana volví a ver al loco a la salida del metro, no tenía la más remota idea de lo que años más tarde comprendería sin duda.
Estaba como siempre, de pie ante las escaleras mecánicas que lo metían a uno bajo tierra, contemplando aquel prodigio del hombre como si fuese la misma boca del infierno, por la que tarde o temprano habría de salir el diablo a reclamar su alma de loco. En esa postura sosegada, con la columna inclinada al vacío como una caña de pescar, los brazos completamente muertos en las mangas de un chaquetón enorme de color aparentemente verde, sus barbas negras bajo unos cabellos de tirabuzones negros, y un rostro que era sucedáneo de la gitanía, parecía un Papá Noel de Oriente o un ilustre sultán de Occidente.
Los sevillanos que cada día pisaban la Avenida de la Constitución y doblaban la fuente de Puerta de Jerez lo conocían como el loco de la risa; porque a diferencia de otros locos, como el que hablaba con su sombra acerca de la imposibilidad de las gatas de cambiar de marido gato, o el que montaba en burro de algodón a plena luz del día, nuestro loco se reía. Todo comenzaba con un trote de sonrisas en los ojos, hasta que, horas más tarde, se hallaba en medio de un frenético galope de risotadas tras risotadas que nadie se atrevía a molestar. Decían algunos que con aquella tormenta de carcajadas el loco se masturbaba el alma.
Yo jamás quise opinar al respecto porque en realidad no tenía ni idea de cuál era el origen de la risa. Un amigo mío, estudiante de música en sus escasos ratos libres y que habría de convertirse por fuerza de ingenio en el mejor médico del mundo, me dijo una vez, mientras lo observábamos junto a las aguas artificiales de la fuente, que la risa del loco emitía unos repetidos acordes en Fa, mientras que el agua de la fuente producía, con ritmo semejante, los mismos acordes pero una octava más aguda. Tampoco aquella explicación llegó a convencerme del todo, quizás porque el loco era demasiado sencillo como para tal complejidad armónica.
Su vida se basaba prácticamente en reír y dormir, pues comiendo, lo que se dice comiendo, nunca lo vi, y llegué a la conclusión de que su risa sería comestible, como también sería la de los pobres si tuviesen ganas de reírse.
Como a veces me daba por seguirlo, seguro de que para él yo no existía, lo encontraba probando sus uñas dentadas en las cerraduras de varios edificios, probándolas todas y riéndose si se equivocaba, hasta que finalmente conseguía entrar y pasaba allí la noche. Quienes alguna vez lo vieron dormir decían tener la sensación de que el loco soñaba con un loco que se reía, pues cuando el viento cesaba de limar las ventanas, se podía escuchar una risilla de pensamiento. Todo acababa cuando algún vecino echaba al loco a patadas, quejándose para sí de que con tanta risotada uno no podía regocijarse en su propia tristeza.
A pesar de mis continuas indagaciones nunca llegué a saber por qué se reía el loco: hasta hoy.
Me quedé muy quieto, tratando de no hacer ruido cuando lo vi esta mañana en la salida del metro; pues el loco no se reía. Ambos estábamos solos, y el loco no hacía si quiera intentos de romperse en una metralla de carcajadas. Así que esperé varios minutos con el corazón apagado para evitar que me delatara; y entonces su mirada se volvió cada vez más pequeña hasta que no pudo aguantar la risa. Yo alcancé a soltar un largo suspiro mientras me sentía arrollado por un rebaño de hombres y mujeres que surgían de las escaleras mecánicas. Una lucecita se encendió en el abeto de mi cerebro: el loco se reía, se reía y se ahogaba en risa porque se estaba riendo de nosotros.
Por eso es que hoy, en cuanto pude poner un dedo sobre el teclado de mi ordenador, empecé a compartir mi increíble hallazgo acerca del loco.
Pero yo aún no sabía lo que, muchos años después, en una Sevilla, que conservaría de lo que había sido únicamente el nombre, se me revelaría: el eco de una carcajada en la comisura de mis labios, caminando por una avenida que en un tiempo desembocaba en ayuntamiento y en fuente.



Juan Manuel Díaz Ayuga

Un hombre diminuto cabe en una gota de sangre

Aquella era la última de las bolsas de sangre que tenía que analizar aquel día. La sentí cálida entre mis dedos, así que jugueteé un poco con el espeso tacto del plástico hinchado. La sangre correteaba muy lentamente en aquella pequeña almohada transparente.
“Vamos allá” pensé, y extraje una única gota de sangre que podría caber en la abertura que un alfiler abre en la yema de un dedo.
La encerré cuidadosamente entre dos láminas de cristal y la gota comenzó a hacerse más grande, más redonda y más roja.
Ajusté mis ojos al visor del microscopio y comencé la búsqueda de cuerpos extraños. Nada, estaba limpia, dos glóbulos rojos giraban sobre sí mismos a ritmos diferentes, y a la vista los noté blandos y voraces. En uno de aquellos giros algo quedó al descubierto: un hombre muy diminuto flotaba sin sentido entre los enormes glóbulos rojos.
Volví a ajustar el visor. Allí estaba, vestido como iría vestido un hombre diminuto en una gota de sangre entre dos glóbulos rojos que bailan sin cesar. Me separé del microscopio al instante y me llevé una mano al pecho.
Había un hombre diminuto en una gota de sangre.
Revisé todo tipo de historias en mi cabeza, de imposibles y religiones en las que no creía; pero cuando mis pupilas se perdieron en el rojo pegajoso de la sangre, el hombre había despertado, y braceaba como loco por un poco de oxígeno. Se estaba ahogando en sangre y yo no sabía qué hacer para salvarle, así que observé, con los párpados besando la boquilla del visor, cómo el hombre más diminuto del mundo moría por no respirar nada más que una sangre casi sólida. Pensé que las fuerzas deberían fallarle de un momento a otro, y que era inevitable que se perdiese en aquel mar de sangre. El hombre aún persistía en su lucha sin sentido cuando uno de los glóbulos gigantes se acercó a él lentamente y lo devoró de un único bocado.
Solté bruscamente el microscopio y comencé a boquear en busca de aire. Todo lo que pude conseguir fue un intenso aroma a hierro; sin duda podía notar la sangre flotando en el aire, diluida en mis pulmones, inundando mi gusto, mi olfato y una mezcla de ambos.
Siguiendo aquel rastro de sangre en el aire me giré por completo.
El hombre diminuto se hallaba a pocos centímetros de mí, embadurnado por completo en sangre, en aquella sangre pestilente que me estaba ya calando los huesos.
No me dio ni siquiera la oportunidad de explicarme; me agarró fuertemente la muñeca y en un movimiento que no pude percibir, comenzó a inyectar uno de mis dedos en una de las venas de su antebrazo.
Cuando ya no vi mi mano, mi codo, mi hombro… nada, todo empezó a volverse espeso y me sentí plastificado en densa gelatina roja.
Segundos antes de ahogarme en su sangre, supe que un hombre diminuto puede caber en una gota de sangre.



Juan Manuel Díaz Ayuga

martes, 5 de julio de 2011

Jekyll en silencio

El valle de mi piel

Se encrespa

Bajo la lluvia artificial,

Caliente.


Dafne retorcida,

Troncha ramita de olivo.

Carne gruesa

Marmórea,

Desgarrada.


Ahogo en vaho,

Seco y único.

Manos en terribilitá

En furibundo cabello

Húmedo, abundante y

Escaso.


Carro Caracci

Que arrasa a la verdad

E inhunda este valle

Antes casi bello.


Il pensieroso no pensante,

Delirante y dinámico,

Más bien espasmódico:

Entre lo infernal y lo

Ridículo.


Corriente de caldera,

Vaho de engaño

Negra

Esperanza perdida.


¡Oh, Polifemo terrible!

¿En qué te has convertido?




Laura Díaz-Meco



domingo, 9 de enero de 2011

En aquel rincón

Lo único alegre que llevo hoy son los calcetines de colores que me regaló mamá. Las zapatillas y el jersey de lana me quedan grandes. Pero eso, ahora mismo, da igual. Es más, ojalá fueran más grandes y pudiera hundirme en ellos, agachar la cabeza y esconderla bajo el candor de la lana. Y sacaría una de mis mayores sonrisas y diría: ¡Adiós muy buenas! Y sin más dilación, escondería la mirada tibia entre las hebras.

Pero todo aquello era fantasía. Mis ilusiones -siempre vanas- se quedaban ancladas en ríos congelados, mientras yo, alejándome en tierra, les decía adiós con la punta de la nariz colorada. Eso era todo, una y otra vez. Perdería el tiempo en explicar la multitud de peripecias que he hecho a lo largo de mi vida por tal de salvar estos trocitos de luz que hoy caen, como polvo, sobre mis pies coloreados. Darle este toque épico los hace ser más asombrosos de lo que realmente son –quizás, más asombrosos de lo que yo quisiera-. Este es el tono legendario que hay que otorgarle a la narración de mi regreso al rincón.

Yo no quería, no fue mi intención, volver al rincón fue casi una orden del mundo, del cielo, de los astros… de mí. Tenía que hacerlo. No podía soportar tanto frío, y en aquel rincón parece que se sobrelleva de otra manera. Parece que la forma en ángulo ayuda a la posición circular –cabeza apoyada en rodillas, rodeadas a su vez por los brazos, piernas completamente encogidas-. Es cierto que se me helaba el culo, pero era mi frío, mi hielo. Aquel rincón es la única posesión que tengo, lo único que sé que no se va a ir. Siempre estará allí, esperándome con los brazos abiertos, aguantando mis huesos abatidos, -y si me apuras- aguantando mi alma abatida. Eso era todo. Mi rincón había vuelto y yo, lo único alegre que llevo hoy son los calcetines de colores de mamá.



Laura Díaz-Meco

sábado, 1 de enero de 2011

La galleta de la fortuna

Me dijo que iba a pasarlo mal.
Para entrar tuve que empujar bien fuerte con ambas manos, hasta que el suave crujir de la alfombrilla me permitió el paso.
Estos sitios, de tan iluminados que están, duelen en la retina, y nada ayuda el estridente rosa en un fondo de rojo y oro. Avancé como tímido hacia la barra, que se hallaba una vez pasadas las mesas excesivamente decoradas y los árboles de cartón piedra.
- Sí, un menú para dos –dije. Y se fue adentro con la sonrisa aún en los labios.
Como tardó algún tiempo, pude tamborilear en el mostrador mientras pensaba en ella.
- Vas a pasarlo mal – me dijo.
Giré la cabeza lentamente hacia aquel acento entre chino o coreano.
- Vas a pasarlo mal – me repitió.
Dudé unos instantes si era a mí a quien se refería. Con un único vistazo al restaurante vacío pude saber que así era.
- Sea como sea – agregó – vas a pasarlo mal.
No había levantado siquiera el rostro para mirarme, pero estuve totalmente seguro de que era a mí a quien hablaba.
Desmenuzaba mecánicamente entre sus dedos los restos de una galleta, dejando que su vista se perdiese más allá del mostrador.
Abrí la boca para preguntarle algo, quizás para saber si era a mí a quien hablaba, o si hablaba solo, pero pensé que lo mejor sería no decir nada y salir de allí en cuanto hubiese pagado.
“¿Voy a pasarlo mal?” – pensé. Volví a mirarlo fijamente, esperando que acabase su trabajo con los restos de los restos y me explicase de una vez por todas por qué iba a pasarlo mal.
Pero él siguió con su tarea de pulverizar la galleta, y además, creo que en realidad no se dirigía a mí.
Así que una vez hubo llegado la comida en unas bolsas de plástico blanco, le pagué al tipo de la sonrisa, preguntándole con la mirada quién era su compatriota el de la galleta.
Casi me pareció una especie de soborno, pero aún así el tipo de la sonrisa no quiso responderme.
Hice un gesto con la cabeza como dando por zanjado el asunto, y en un último vistazo, vi cómo, al deshacer el camino hacia la puerta, el tipo de la galleta clavaba sus afilados ojos en mí, desmenuzándome por dentro.
Me sentía extraño, como si no fuese yo el que llevaba las bolsas con la comida del menú, ni el mismo que caminaba en dirección a aquel banco del campus.
“¿Realmente iba a pasarlo mal?” – pensé por enésima vez.
Sabía que si le daba tanta importancia a aquella sentencia lapidaria era porque era cierta. Yo ya sabía que iba a pasarlo mal, y aquel que llevaba las bolsas de camino al campus lo sabía mejor que yo.
“Es inevitable”- pensé.
Sí, siempre es inevitable, hiciese lo que hiciese, el resultado sería el mismo: iba a pasarl…
- Hola – me dijo.
No me había dado cuenta de que ya había llegado, pero aún así sonreí casi por instinto, porque era así cómo reaccionaba; siempre sonreía delante de ella, guardándome para mí la razón de por qué lo hacía.
Ella me notó raro. Lo supe porque arrugó los ojos y se les unieron demasiado las cejas. Era así cómo sabía que ella notaba que estaba raro.
Sin embargo no me preguntó; ni entonces ni en las dos horas siguientes, quizás porque nos habíamos pasado el tiempo riéndonos, sin pensar en nada. Pero en realidad yo sí había pensado mucho, y parecía que ella también, porque cuando dejamos de reírnos su semblante se puso serio y dejó de mirarme. Yo sé por qué lo hacía. Yo sé que ella esperaba una confesión de amor o algo por el estilo. Y la verdad es que yo estaba deseando dársela. Pero ella…
- Mañana me marcho – me dijo.
Lo dijo como si yo no lo supiese, como si no me importase que se fuera para no volver a verla más. Por eso me molestó que lo dijera, porque yo ya sabía que no la volvería a ver nunca más, y que si le decía algo así como que la quería, sufriríamos mucho más la separación, o quizás lo mismo.
Entonces ella me miró como anhelando que se lo dijera, como pensando que si se lo decía no dolería tanto la pérdida, que tendríamos al menos una última foto de recuerdo.
No importaba lo que dijese entonces, porque yo ya lo sabía, ya sabía que era inevitable, y por eso me molestó tanto, por eso me fastidió que me lo dijese aquel tipo que estaba desmenuzando la galleta, porque yo ya sabía que, fuera como fuese y dijera lo que dijese, iba a pasarlo realmente mal.



Juan Manuel Díaz Ayuga